Señorita Flor/Luz Jaimes
Ese día fue el más feliz de mi vida: me levanté a las siete de la mañana, me bañé, me vestí, me puse mi loción, mi crema, y toda la cosa. Luego me desayuné mi concha con mi café. No sé por qué, pero yo sabía que iba a ser un gran día.
Desde el miércoles, me dieron mi volante en el mercado de San Cosme, que iba a venir la señorita esa, Flor Berlanga, la que quiere ser delegada. Yo sí tenía hartas ganas de ir a verla, porque en su propaganda decía que ella iba a luchar por nosotras, por las mujeres.
Entonces llegué ahí a la explanada, junto al Monumento a la Madre, pusieron una carpota y sillas. Había mucha gente. El clima estaba fresco porque toda la noche había llovido. T’onces, comadre, que se sube al escenario un señor con una voz muy gruesa, muy bonita. Anunció que iba a tocar una orquesta ¿Sabe usté, comadre, desde cuándo no oía una orquesta en vivo? Desde mi juventud, desde entonces. Y ya tiene rato de eso.
Y sí, que sale la orquesta y empieza a tocar. No sabe cómo me emocioné. Sentía yo, en mi corazón, algo muy grande, así como una siente cuando es joven. Pero no, comadre, no tiene usté una idea de lo que sentí cuando un señor se acercó para sacarme a bailar. Dije yo entre mí, cómo no me puse siquiera color rojo en los labios, si tengo uno bien bonito que me regaló mi hijo, pero pues, me aguanté la pena y ahí me ve usté bailando con el señor ese como tres horas que tocó la orquesta.
Hacía años que no bailaba tanto, que no sudaba, bueno, no de esa manera. Ya ve que con el quehacer una suda, pero no es igual, este era un sudor que olía diferente, usté me entiende comadre, yo sé que me entiende…
El señor éste me dijo que se llamaba don Joaquín ¡Ay, don Joaquín, baila usté muy bien! No comadre, pero no se crea, don Joaquín iba con su mujer pero me contó que a ella no le gusta bailar. Yo le dije que mejor ya no, porque su mujer se iba a enojar, pero dijo que no, que a ella no le importa ya lo que él haga, ni a él lo que ella piense. Entonces pensé que a lo mejor, si a mí no me hubiera importado lo que mi marido hiciera, a lo mejor, todavía estaríamos juntos.
Pero bueno, ni crea que yo estuve recordando a mi marido, ese fue un pensamiento que le dediqué un segundo, ya no como antes. Hay días que ni me acuerdo de él, o pienso en él como un difunto, eso pasa con los años.
Yo estaba feliz porque además nos llevaron refrescos y don Joaquín me acercó un vaso con Coca Cola, yo tenía tanta sed que me la tomé con todo y mi diabetes, pero don Joaquín me dijo que él también tenía esa enfermedad, y gota, y la hipertensión. Entonces me cayó mejor, porque sentí que teníamos cosas en común.
Y luego que dejó de tocar la orquesta comadre, que suben una serie de señores. Hablaron muy bonito: nos recordaron lo que han hecho por nosotros en la delegación. Entonces les aplaudimos mucho, porque sí es cierto que arreglaron el pavimento, que han venido a hacernos el Papanicolaou gratis, y los descuentos del dentista. También es cierto que han traído ferias y cosas con las que se divierten los muchachos.
Ahora ya ve, nos trajeron la orquesta y eso es caro, todo eso es caro, y para uno que es pobre, pues bueno, no cualquiera se lo da así nada más porque sí. Yo le agradezco mucho a la señorita Flor que nos haya traído a la orquesta, no me lo esperaba. Me recordó mi juventud, y mi pueblo.
Por eso yo voy a votar por la señorita Flor, porque sí es cierto que nos apoya a nosotras las mujeres, y más a las mujeres solas y desamparadas, como usté y yo, y tantas más. Tenemos nuestros hijos pero ellos están haciendo su vida, nosotras como quiera, ya vivimos.
Luego anunciaron que iban a dar becas para estudiar, sin importar nuestra edad, y unos apoyos para que pudiéramos tener nuestro dinerito ¡Qué buena gente es esa señorita Flor! Yo no me esperaba todo esto. Dijo que no nos sintiéramos solas, que con ella trabajaban licenciados, doctores y una serie de gentes muy inteligentes, de esas de las que se rodean los políticos. Yo creo que la señorita Flor es muy inteligente, le habla muy fuerte al micrófono, muy decidida. Hasta una canción ya tiene; la tocaron cuando ella terminó de hablar.
Ya luego el sol empezó a quemar mucho, pero don Joaquín llevaba su sombrero y yo mi sombrilla, y con eso nos protegimos. Nos acercamos a la mesa donde daban los apoyos. Ni supe cómo pero me inscribieron en todos los cursos. Ya estaba yo anotada en el de computación, en el de inglés y hasta en ese de las redes sociales. Ya sé, comadre, que usté no sabe qué es eso, yo tampoco sabía, pero o’ra ya. Ya tengo mi feisbot y mi jaifai; porque a las otras nom’ás no les entiendo. En inglés ya le digo joguaryu, tanks, itsmain, ayam Esther; todo eso.
Bueno, comadre, total que en esas estábamos cuando bajó del estrado la señorita Flor. Todos la rodearon, la saludaban, le daban la mano, pero yo no me atrevía porque me daba pena, pero a don Joaquín no, y que se acerca a saludarla; y que me jala. Entonces a mí me salió del corazón agradecerle por todo lo que nos ha dado. Ella me abrazó, muy conmovida. Le dijo a uno de los señores con los que iba que me dieran vales de despensa y de la leche. Y que me los da, y hasta nos tomaron fotos.
Entonces, ya que la tenía cerquita, ¡Qué bonito huele la señorita Flor! a perfume caro! Le dije que muchas gracias por la orquesta, que yo estaba muy triste porque hace años que me sentía muy sola y ella me dio un rato de alegría.
Me preguntó si era viuda, le dije que no, que era separada. Entonces que manda al mismo señor a que me diera su tarjeta, me dijo que la fuera a ver y me abrazó muy fuerte. Otra vez que nos toman fotos.
Yo no cabía de la alegría, tenía el teléfono de la señorita Flor. No sabía qué hacer con él, pero algo tenía que hacer porque ella me lo había dado, y me abrazó. A lo mejor la señorita Flor es tan inteligente que sabía que ya mis tres hijos se casaron, que sólo me viene a ver uno, y muy de vez en cuando, que sólo él me da un poco de dinero, y eso cuando su mujer no se da cuenta, porque lo regaña; que mi casa se está cayendo a pedazos, y yo no puedo arreglarla, que vivo de lo poco que gano en el mercado, y que ya no es negocio, que luego ya ni las moscas se paran. Seguro también sabía que tengo diabetes, hipertensión, y que otras veces me siento muy triste, muy sola. Por eso me abrazó y me dio su tarjeta, y por eso me cambió la vida, ¡Ay señorita Flor!
Don Joaquín y yo nos despedimos, pero él dijo que no para siempre, que nos volveríamos a ver en los cursos, que él prefería eso que estar en su casa, con su mujer. Yo me entusiasmé porque además de todo, ese día hice un amigo. ¿Sabe comadre hace cuánto no tenía yo un amigo? Desde mi juventud comadre, desde mi juventud.
Pasaron los días, y yo veía la tarjeta y la veía, no sabía qué hacer. Llegó el día de los cursos y me presenté. Me sentía como una chamaca en la escuela pero me dio mucha tranquilidad y alegría encontrarme a don Joaquín. ¡Ay, qué miedo tener que tocar la computadora! sentía que la iba yo a descomponer. A don Joaquín se le hizo más fácil, él me ayudó mucho, y me animó a hablarle a la señorita Flor.
Marcamos varias veces hasta que nos dieron una cita. Don Joaquín me acompañó porque yo sola me iba a poner muy nerviosa. ¡Qué buena gente y qué amables es don Joaquín! Entré a la oficina de la señorita Flor: era un lugar muy chiquito pero todo olía muy rico, así como ella que se echaba mucho perfume caro. Ella estaba seria, no tan alegre como ese día en el monumento. Pero me preguntó qué era lo que necesitaba, yo muy nerviosa le dije que nada, que había ido a verla porque me dio ella su tarjeta.
La señorita Flor dijo que todos necesitamos algo, que alguna cosa podría hacer por mí. Me preguntó de qué vivía y le conté. Me dio unos papeles para que fuera a tramitar una pensión, para que mi descuento de la leche fuera permanente, y me mandó con un señor que me dio dinero para arreglar mi casa.
Esa fue la última vez que vi a la señorita Flor en persona. Ahora uno nada más puede mirarla en la tele de vez en cuando, por eso ya veo noticias, a los mejor sale. Aunque no me gusta porque pasan muchas de los muertos, los descabezados y todo eso; ya ve ahora lo de Monterrey y lo de Tamaulipas. ¡Dios nos guarde a nosotras y a la señorita Flor!
No se me olvida que cuando me iba de su oficina, le agradecí todo lo que hacía por mí y por todas las mujeres de la delegación, que yo quería que ella fuera presidenta algún día. Ella me dijo que para que ella, o cualquier otra mujer lograra ser presidenta, tenía yo que empezar a decirle “licenciada Flor” porque eso es, una licenciada.
¡Ay qué pena son la se… licenciada Flor! Pero tiene toda la razón. La señ… licenciada Flor dijo que si nosotras la mujeres, que somos las que educamos a los hombres, no nos reconocemos nuestros logros, entonces quién. ¡Cuánta razón tiene siempre la licenciada Flor!
Yo con don Joaquín platico por la computadora cuando me doy un rato una vez a la semana en el café internet. Le dije que le pusiera “Me gusta” a la página de la licenciada Flor, hasta que un día, ella que me cambió la vida, que me hizo tener amigos en la computadora, que me dio dinero, que arregló mi casita, y me hizo ver noticias; sea la que nos gobierne.
Hoy creo que nuevamente será el día más feliz de mi vida comadre, porque viene la licenciada Flor, o’ra va para diputada. Va a dar un discurso, y don Joaquín me va a acompañar. Ojalá la licencianda Flor traiga de nuevo una orquesta, y pueda yo saludarla.



